No digas que fue un sueño

by juanmanuelbenitez

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Damon Winter/The New York Times

Por Juan Manuel Benítez

Estoy cansado. Se me cierran los ojos. Acabo de terminar un reportaje para el fin de semana y estoy deseando que pase ya este último día de la Convención Demócrata. He llegado al Estadio Invesco en coche, tras pasar un par de controles de seguridad. Hemos visto filas larguísimas de personas esperando entrar. El sol pica, y a muchos de ellos les va a tomar horas. También hay junto al párking las tiendas de campaña que tiene instaladas el ejército, y un montón de ambulancias de los servicios de emergencia. Entro en el estadio y está medio lleno. Hay un grupo que no conozco tocando en el escenario. Son alrededor de las cuatro de la tarde del jueves. Obama habla como a las ocho.

Sobre una tarima para prensa, nos apretujamos un montón de reporteros, camarógrafos, productores, fotógrafos y presentadores.

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Vanessa Yurkevich

A mí ya no me sorprende cruzarme de vez en cuando a los grandes periodistas de la televisión de Estados Unidos. Pero esta vez es algo diferente. Están todos -incluidas las leyendas- en un espacio reducido: Anderson Cooper (distraído), Brian Williams (corriendo para entrar en directo), Tom Brokaw (espantándose moscones)… De hecho, he estado a punto de acercarme a mis ídolos Ted Koppel y Gwen Ifill para decirles cuánto les admiro; y que gracias a tipos como ellos me mantengo en esta loca profesión, alimentando cada día a la bestia informativa de 24 horas. No me he atrevido. Seguro que están ocupados como para que me ponga yo a molestarlos con mis tonterías. Eso sí, Judy Woodruff me ha sonreído cuando me he quedado con la mirada perdida, los ojos sobre ella a dos metros de mí, mientras memorizo el texto del directo que me dispongo a hacer. También me ha pasado por el lado John Legend. Es menudito. Ha cantado el Yes We Can hace un rato. En frente, un montón de cámaras como mariposas revoloteando alrededor de Susan Sarandon. Está en una de las gradas de abajo. Luego Stevie Wonder canta un par de canciones (una de ellas, el Signed. Sealed. Delivered., himno de la campaña Obama). Dos amigos se han acercado a hacerse una foto conmigo. Todavía es de día.

Como todos mis compañeros, llevo todo el día repitiendo que se trata de un día histórico, justo 45 años después de que Martin Luther King Jr. dijera aquello de I have a dream that my four little children will one day live in a nation where they will not be judged by the color of their skin but by the content of their character (Sueño con el día en que mis cuatro hijos vivan en una nación en la que serán juzgados no por el color de su piel sino por el contenido de su persona). Me acuerdo que tengo un póster color sepia con el discurso I Have a Dream guardado en un armario. Lo tengo que sacar. Lo compré hace años en Harlem, y durante mucho tiempo fue lo único en las paredes de mi cuarto de mi antiguo apartamento de la calle 108.

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¿Qué pensaría hoy el Reverendo King de Barack Obama?, le pregunta a Jesse Jackson un compañero de NY1. Cory Booker está emocionado con todo el espectáculo y se atreve a contestarme unas cuantas preguntas en español. No lo habla tan mal. Todo esto le toca de cerca. Él también es joven, negro de tez clara, críado en un barrio blanco, con título de Universidad prestigiosa, y luchando contracorriente al frente de la Alcaldía del desastroso Newark.

Habla Richardson, habla Gore. Todo va pasando muy rápido. El estadio ya está lleno. La Associated Press dice que hay 84.000 personas. Is it as amazing as it looks on TV? (¿Es tan tremendo como se ve en la tele?), me pregunta mi amigo Peter en un mensaje de texto desde Nueva York. "Incluso más", le contesto.

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Me llega una copia del discurso. Lo leo en mi blackberry. Es larguito. Voy buscando las citas más atractivas, por si tengo que hablar de ellas en el próximo directo. Se ha hecho de noche. Sale Obama. El estadio se pone en pie. Otro discurso.

Todavía me acuerdo del día en que le asalté para arrancarle dos respuestas de ésas que nos sirven para lanzar a la bestia informativa de 24 horas. Fue en Boston, hace ahora cuatro años, horas antes de que pronunciara aquel discurso que lo lanzó a la fama. Gracias a que unos días antes había leído un artículo de The Economist, pude reconocer a aquel alto y simpático senador estatal de Illinois. No tuve que competir con otros reporteros para acaparar su atención (tiempos aquellos…): nadie sabía muy bien quién era aquel tipo de nombre raro. Ni mis jefes, que me miraron con indiferencia cuando les comenté ilusionado a quién había entrevistado. Al día siguiente las portadas de los periódicos lo ensalzaban como el próximo presidente de los Estados Unidos. Exageraciones, decía yo, cuando desde Nueva York mi compañera Adriana Hauser me preguntaba, vía satélite, si los titulares podían cumplirse.

Empiezo a prestar atención. Le faltan dos páginas para terminar, según la copia que me pasan. La gente está emocionada. No paran de aplaudir y corear consignas como Yes we can. Hay tanto ruido, que casi no se escuchan sus últimas palabras. De repente veo por las pantallas a su mujer y a sus hijas uniéndose a él en el escenario. Y ahí me doy cuenta de que no exagerábamos: ¿una familia negra tan cerca de la Casa Blanca? Y sale Biden, de número dos. ¡El hombre blanco canoso, de segundón del negro!

No fue un sueño, créanme. Yo estuve allí.

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