Por qué Biden: ahora sí, hablemos de narrativa

by José Simián

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Por José Manuel Simián

No bien se hubo anunciado la elección de Joe Biden como compañero de fórmula de Barack Obama a la vicepresidencia, comenzaron a aparecer las críticas no-republicanas a la decisión. Porque la de Obama-Biden es una alianza poderosa para las elecciones de noviembre, y una excelente dupla para gobernar el país, vale la pena refutar a los escépticos.

Una vertiente de las críticas a Biden —articulada convincentemente por nuestro amigo Patricio Navia— se centra en la idea de que el mayor aporte del senador por Delaware reside en su experiencia internacional, lo que sería inútil en una elección de presidente, necesariamente centrada en temas nacionales. Este año, ello sería aún más urgente debido a la situación económica. En conexión con ello, se sostiene que lo que Obama necesitaba era más bien alguien que lo apoyara a la hora de administrar el gobierno federal, para lo cual debió escoger a un gobernador y no a un senador. (En referencia a la calidad de senador de Obama, Chris Canavan sostuvo hoy en El Diario —vaya uno a saber por qué— que "para muchos americanos, la sabiduría del senador es igual a la sagacidad de la prostituta o el Sodomita").

El análisis de Navia concluye augurando que, ahora con el tiempo a su favor, McCain "entenderá que la política es una cuestión local" y escogerá a un gobernador para beneficiarse de ello.

Otra supuesta debilidad que Biden abre como integrante de la fórmula demócrata es una estrictamente estratégica: ocupar el puesto de vicepresidente en una figura de un estado pequeño e indudablemente demócrata como Delaware sería un desperdicio de la posibilidad de asegurar los votos electorales de un estado indeciso, o incluso tradicionalmente republicano.

Un tercer flanco de críticas se centra en la explosiva lengua de Biden (ahí está esa vez que dijo que Obama era "el [primer candidato presidencial] afroamericano que habla elocuentemente, es brillante y limpio y de buen ver"). Biden sería un accidente en potencia.

El cuarto argumento se refiere a la calidad de Biden de miembro del establishment de Washington. A pesar de haber sido considerado en 2006 el integrante más pobre del Senado por una entidad independiente, se dice que "un hombre que lleva 36 años en el Senado difícilmente podrá presentarse como cercano al americano medio". En este sentido hay que mencionar —aunque es difícil que este argumento sea esgrimido por los republicanos— que en 2005 Biden votó a favor de una polémica ley que hizo más difícil que los estadounidenses se declararan en quiebra.

Un quinto argumento —utilizado, éste sí, sin vergüenza alguna por analistas conservadores— es que ya que Biden es uno de los senadores que más tiempo lleva en el cargo, su presencia debilitaría el mensaje de "cambio" de Obama.

Finalmente, desde una perspectiva aún más amplia, a otros —como Matt Bai, hoy en el New York Times— les preocupa que la elección de Biden haya sido realizada para eliminar la reticencia de algunos electores a votar por un candidato negro. Si así fuera, "las profecías oscuras sobre los prejuicios [de los votantes] podrían autocumplirse": el plantear la contienda pensando en que una gran parte de los votantes son racistas o "ignorantes" causaría distanciamiento por parte de quienes puedan sentirse atacados por tales declaraciones.

El argumento principal para rebatir todas estas críticas es uno solo, y puede parecer más bien liviano.

Convengamos en que hablamos del efecto que Joe Biden como candidato a vicepresidente puede tener en los votantes indecisos o que podrían cambiar su preferencia de aquí al 4 de noviembre. El primero de los grupos asciende, según las encuestas más importantes, hasta el 15%.

¿Realmente creemos que ese votante indeciso, que tras este intenso año electoral, viviendo en este país hiperpolitizado, no se alinea con un partido o no se ha formado una opinión sobre Obama o McCain, estaba esperando que se le diera una señal de gobernabilidad "administrativa"?

Lo dudo.

Desde que Barack Obama se convirtió en el virtual nominado demócrata a la presidencia, los principales problemas que ha presentado frente a los electores han sido que consideran que no tiene la suficiente experiencia para ser presidente, y que "no se sabe quién es", un argumento que suele ser un eufemismo para prejuicios raciales o simple temor ante la peculiar biografía del demócrata.

Ahí es cuando entra en juego tener a alguien como Biden al lado. Desde la más absoluta superficialidad, los dos sencillamente se ven muy bien juntos (y en el mundo en que vivimos, toda elección tiene un importante componente visual, a veces incluso más importante que el meramente racional). Biden le aporta a Obama bastante más que su experiencia internacional o su conocimiento del funcionamiento del Capitolio.

Mucho se ha abusado de la palabra narrativa en ese año electoral (malentendiéndola como contar una historia), pero nunca ha tenido más importancia que ahora. El verdadero poder de este concepto no reside en articular los hechos más brillantes de la vida de un candidato en un relato de dificultades que terminan resolviéndose de cara a la elección (i.e.: con su voto, llegaremos al final feliz); se trata de la visión del mundo que resulta de conectar los eventos de la vida real con los mitos, en este caso, la gran idea que inspiró los Estados Unidos.

La historia de triunfos y tragedias de Biden —la caída económica de su padre, su temprana elección al Senado, un terrible accidente familiar, su plagio de un discurso en una carrera presidencial— encaja perfectamente con la versión más convencional del mito estadounidense: Biden es un guerrero, que ha caído para volver a levantarse. Por otra parte, que sea blanco y un respetado legislador de Washington le tiende a Obama un puente hacia la tradición de poder del país.

Por mucho que queramos hacer de ésta la primera elección post-racial de Estados Unidos, lo cierto es que el tener a un tipo que forma —y se ve como— parte de la vieja guardia, es esencial para el éxito de Obama. Y si bien su experiencia internacional puede no ser lo que más le urgía al senador por Illlinois, contribuye a debilitar la percepción de que éste no tiene la preparación suficiente para hacerse cargo de Washington. Además, por mucho que la experiencia senatorial de Biden no sea tan "admninistrativa" como se desearía, sí es mucho más práctica que la adquirida hasta ahora por Obama; le sirve a éste para bajar de la academia a la tierra.

El resto de los argumentos contra Biden —su lengua incontinente, el no acarrear votos electorales, la debilitación de la idea de cambio, etc.— tienen otros agujeros y palidecen frente a la apuesta hecha por Obama al elegir a Biden: la energía de la vieja y la nueva guardia, un supuesto outsider y un claro insider, un afroamericano y un blanco, avanzando juntos.

Biden perfectamente puede cuidar lo que dice en los próximos tres meses, y muchos ven su (peligrosa) sinceridad como un atributo, que se verá amplificado por su talento como orador. Lo de haberse acompañado de un candidato cuyo principal mérito era la posibilidad de acarrear un estado indeciso sí que habría sido una contradicción de fondo con el mensaje de cambio de Obama. Y, como ya he dicho, las preocupaciones sobre haber considerado la raza blanca de Biden como elemento de la decisión me parecen fútiles: no reeconocer que para muchos estadounidenses el color de Obama es un problema es querer tapar el sol con un dedo. Como sugería esta mañana Paul Krugman en el New York Times, la política es un negocio sucio, get over it.

Finalmente, entre los candidatos que se nombran como integrantes de la "lista corta" de McCain no se ve ninguno que pueda conformar una alianza más atractiva que la de los demócratas. Si fuera republicano, a menos que mi partido tuviera un as bajo la manga, estaría aún más preocupado que cuando las encuestas le daban una ventaja a Obama.

Con Biden, la gran narrativa estadounidense está, por ahora, del lado de los demócratas.

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