Volando voy

by juanmanuelbenitez

United_legroom

Por Juan Manuel Benítez, destino Denver

He estado a punto de no escribir este post. ¿Para qué? Pero el pie apestoso rozando mi codo del tipo de atrás me ha empujado no sólo a darme de bruces con el asiento reclinado del de delante, sino también a darle a las teclas de la blackberry en pleno vuelo (una blackberry que nunca recibió ni mensaje de texto ni correo electrónico de Barack nombrando a Joe su compañero de fórmula. Tanto esperar para que al final me lo termine contando la CNN).

Si es que debería haber aceptado la oferta de más espacio para piernas que me ofrecía la pantalla de facturación. Creo que eran unos 35 dólares extra. ¿O 35 han sido los que he tenido que pagar por la única maleta? No, espera. Eso han sido sólo 15 (no sé qué pagará el precio del billete, la verdad). Aunque sí que he estado a punto de darle a la tecla de subirme a primera clase. Pero ha sido sólo por error, ¡eh! Traición del subconsciente. Y de United Airlines, que con tanta pregunta te quiere confundir a ver si te saca unos dólares más por cualquier estupidez. Como la cajita de snack: 5 pavos. Y nada de pavo, que yo esperaba un buen sandwich y me he tenido que conformar con unas rodajitas de salami y un queso para untar en dos insípidas galletas. También traía sus clásicas patatas fritas, aceitosas. Y un par de galletitas de chocolate, de esas ricas y finísimas, muy diferentes al supergalletón con trozos de chocolate incrustados que me da el subidón de azúcar necesario para aguantar el vuelo de American Airlines cada vez que viajo a la Costa Oeste.

Mira que yo soy menudo. Me resulta imposible imaginar cómo sufre este país de obesos cada vez que se sube a un avión. A mí que me encanta embarcarme de mañana y empaparme de café y prensa a miles de metros de altura… voy a tener que olvidarme del New York Times y el Wall Street Journal y conformarme con los reducidos tabloides. Porque el simple hecho de abrir el diario me produce tensión en cada músculo de la espalda. Y mi masajista no es barato. Seguro que sus servicios salen también pronto en la pantallita de facturación: masaje tras aterrizaje, 150 dólares; con aceites, 200. En definitiva, que pronto me compro un Kindle; si es que me lo dejan encender en pleno vuelo.

Atrás quedaron los días en los que el tamaño del asiento era aceptable, las comidas y los snacks gratis -¡hasta el vino!-, cuarenta kilos de equipaje una cosa de lo más normal y las azafatas, siempre guapas y simpáticas. 

Una con cara de perro está pasando veloz por el pasillo ofreciendo vasos de café. Termino corriendo para no perder mi dosis: aguachirri, sí; pero gratis.

Por el momento.

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