El temor al temor

by José Simián

Obama_upside_down Por José Manuel Simián

Yerra el coautor de esta página cuando dice que lo único que el New Yorker perseguía con su portada de esta semana era vender más revistas; lo mismo cuando dice que no se generaría debate, o que éste se limitaría "a los pequeños círculos de la intelectualidad" que leen la publicación. Dejando de lado que el debate generado a nivel nacional es tan importante que ya alcanzó niveles absurdos, me preocupa otra cosa (que no es la ilusión de que alguien se convierta en intelectual por leer una pura revista).

Claro que el New Yorker pretendía generar atención y vender ejemplares al poner a los Obama de terroristas musulmanes y Panteras Negras en la Casa Blanca. ¿Qué de malo tiene eso? ¿No pretendemos todos lo que trabajamos en medios de comunicación que nos miren, nos compren, nos lean? Supongo que Benítez no estará sugiriendo (como si hiciera falta) que los periodistas hagamos voto de pobreza. Si partimos de la base de que tenemos algo que decir, emplearemos todos los medios lícitos para difundirlo.

Gerson_obama Y la sátira ha sido desde siempre un elemento del periodismo, en particular el político. Que no lo entienda el colega Benítez, me parece sorprendente; que crea que sólo la élite pueda entender el chiste, penoso. Lo mismo me sucede con la columna publicada esta mañana en El Diario por Gerson Borrero.

Tras explicarnos, diccionario en mano, que la caricatura no le parece "satírica [ni] mucho menos funny", el venerable periodista boricua nos revela que sus mayores preocupaciones con el dibujito son que sea "una innecesaria distracción de temas de mayor envergadura", y que "peligrosamente le da otra herramienta a los racistas para justificar su veneno y distorsión".

Qué curioso que esas palabras aparezcan en la misma columna que Borrero emplea cada semana para vilipendiar a los políticos que considera corruptos o cuyos intereses no comparte. ¿No son acaso sus sobrenombres, sus caricaturas verbales, una forma de sátira? ¿Por qué temerle a una que es dibujada y que evidentemente no cuadra con la realidad?

¿Por qué es que tanto Benítez como Borrero subestiman a sus respectivas audiencias y al pueblo estadounidense, suponiendo que con ilustraciones se puede cambiar a la gente? (Me imagino que, de ser así, ambos estarían tomando ahora mismo lecciones de pintura).

Todo esto nos lleva, por supuesto, al interesantísimo artículo publicado ayer por el New York Times, sobre las supuestas dificultades que estarían teniendo los humoristas nocturnos para hacer bromas respecto de Barack Obama. No hemos encontrado de qué reírnos, afirmaron algunos guionistas. Esta absurda afirmación no dista mucho de decir que la gente es tan tonta que podría creer que si la próxima semana el New Yorker pone en su portada a Obama de santo, la gente va a creer que es perfecto. Como dice con lucidez en la misma nota el presentador Jimmy Kimmel, todo el asunto apesta a racismo inverso: la gente siente que tiene que proteger a Obama para no ser calificados de racistas y/o para que se convierta en presidente.

Es decir, en un absurdo giro, la célebre portada del New Yorker, "La política del miedo", nos ha demostrado que nadie le tiene más miedo al miedo que los propios periodistas o humoristas políticos.

Y, aunque su campaña diga lo que quiera, si Obama es tan inteligente como parece, en estos momentos está celebrando junto a los del New Yorker este golpe mediático digno de Clay Felker.

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