Novelista en Nueva York

by José Simián

Mariovargasllosa Por José Manuel Simián

En su última columna sindicada, el escritor Mario Vargas Llosa habla de los dos meses que pasó recientemente en la ciudad (donde, entre otras cosas, se sentó a la mesa con Eco y Rushdie). Eternamente maravillado por la vitalidad inagotable de algunos de sus libros, me sorprendió un poco el tono otoñal del remate a su reseña de Manhattan:

[S]iempre tuve la sensación de que a esta maravillosa ciudad le faltaba algo para sentirme totalmente en casa. ¿Qué cosa? Vejez, historia, tradición, antigüedad. Eso que es el alma secreta de cualquier ciudad europea y hasta de la aldea más desamparada e ínfima, esa invisible presencia que establece un vínculo entre hoy y ayer, esos siglos de aventuras, guerras, proezas artísticas y conmociones históricas, religiosas y culturales, de los que ha resultado la civilización en que vivimos. En New York todo es tan reciente que da la sensación de que el pasado nunca existió, que la vida sólo es futuro en trance de hacerse. Será que ya no soy joven, pero esa sensación de que no hay casi vida detrás, que toda ella está sólo por delante, me produce cierta angustia y una sensación de soledad.

Y, claro, lo curioso es que Nueva York siempre ha sido presente o futuro.
(De alguna manera, Estados Unidos, también: nunca ha dejado de ser un país nuevo rico).

No es Nueva York lo que cambia, sino el escritor. Varguitas nos sorprende pensando en la última hora y demostrando con ello la falsedad de que la literatura pueda ser una especie de vida eterna.

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