¿El fin del cinismo?

by José Simián

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(Fotografía de Paul Fusco, desde el tren que llevaba el cadáver de R.F.K., 8 de junio de 1968)

Por José Manuel Simián

Antenoche, cuando Barack Obama se atribuía la candidatura demócrata pronunciando otro de sus eléctricos discursos subiendo la voz frente a 17.000 personas que lo escuchaban dentro de un estadio de St. Paul, Minnesotta (y a otras 15.000 apostadas afuera), dijo que no sólo quería cambiar este país, sino el mundo (e.g.: atacando el cambio climático); cuando, ya con la voz en alto, pronunció con la cara rígida, "Estados Unidos, éste es nuestro momento; ésta es nuestra hora", me pregunté si podía ser que hubiera llegado el fin del cinismo a la vida pública estadounidense.

No me tomen por un completo idiota. Cuando uno dice que le cree a un político (aún respecto de metas mucho menos ambiciosas que las de Obama), recibe del ciudadano común (ni qué decir de los profesionales de las cinco Ws) miradas de sospecha similares a cuando uno sugiere que se casó por amor.

Cualquier niño de 12 años que haya observado un ciclo electoral completo sabe que la vida pública es una suerte de acto teatral en que los candidatos dicen ciertas cosas antes de las votaciones, para luego cumplir una pequeña fracción de ellas, sin que nadie se inmute. Puesto de otra forma, asumimos que entre las palabras de los políticos y su verdadero significado existe una brecha considerable, marcada por las limitaciones del juego partidista, las urgencias coyunturales y las limitaciones personales.

Nada de eso es nuevo. Todos entendemos que las mejores intenciones y el talento no bastan. A lo que me refiero es que desde hace demasiado tiempo que asumimos esa brecha como irremontable. En Estados Unidos, el desencanto político se debe también, evidentemente, a los asesinatos de los hermanos Kennedy y de Martin Luther King, las mentiras de Nixon, el fracaso del bueno de Carter, la pragmática frialdad de Reagan y Bush padre, las mentiras de terciopelo de Clinton y, claro, todo lo que ha logrado destruir ese elefante en una cristalería que es Bush hijo, quien, no contento con sus fracasos, ha logrado convertir su desprecio por la verdad y los estándares de gobierno en una especie de triunfo.

El cinismo como virtud pública. El cinismo como signo de los tiempos. Bush reelecto y terminando su segundo mandato sin importar que haya quedado claro que inició una guerra basada en mentiras o que algunos de sus colaboradores más cercanos hayan sido condenados criminalmente por las maniobras asociadas a ello.

No creo que John McCain sea torpe como Bush ni malvado como Karl Rove; tampoco creo que Obama sea un santo. Pero al escuchar su discurso la otra noche sentí que las palabras de éste, además de mejor elegidas, tenían una convicción que no noto en su rival republicano. Será porque McCain es más viejo y ha experimentado más miserias; o porque se ha visto enredado en escándalos de corrupción bastante más pantanosos que la relación de Obama con el pastor Wright o el ahora convicto recaudador de fondos Tony Rezko; o porque su travesía hacia la Casa Blanca parte manchada por la necesidad de serle fiel a George Bush al tiempo que lo desconoce.

Sospecho que el punto es tan sutil que no califica para debate entre los hambrientos pundits que pueblan la selva televisiva. Tengo la certeza, sin embargo, que ese tono invisible de convicción en las palabras de Obama va a pesar más que las diferencias de los candidatos en sus propuestas de salud, las políticas tributarias o incluso la misma guerra de Iraq: o bien Obama logra encantar a los votantes del centro con sus palabras y la idea de que el mundo puede ser mejor y no sólo mejor administrado, o bien McCain triunfa si lo pinta como un iluso que ha visto demasiados amaneceres.

De ganar Obama la presidencia, aún cuando no logre hacer realidad todas sus promesas electorales, quizás su gran aporte a Estados Unidos sea ponerle fin a la era del cinismo que bien pudo comenzar exactamente 40 años atrás, el día en que Robert Kennedy, el último gran idealista, fue asesinado. Devolverle a ciertas palabras parte de su significado original.

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