Iguales a sí mismos

by José Simián

Rothko

Por José Manuel Simián

Benítez se burla de mí diciendo que soy el único lector del New York Sun. Su humor populista tiene algo de razón: me demoré varios años en notar su existencia (la del periódico, no la del colega o su humor) y no conozco a casi nadie que lo lea sin ser periodista. Y sin embargo su voz conservadora (y esa portada que se da el lujo de traer una obra de arte cada mañana) llena de manera refrescante la enorme brecha que separa al New York Times de los tabloides de Manhattan, tratando de arrebatarle el asiento al Wall Street Journal.

Es por eso que le da espacio en sus páginas a columnistas como Howard Husock del Manhattan Institute, que esta semana reflexionó acerca de las conclusiones del estudio de dicha entidad sobre la asimilación de los inmigrantes a Estados Unidos.

Husock tiene toda la razón cuando dice que, con al menos nueve millones de inmigrantes ilegales en el país, el debate sobre la cuestión migratoria se ha centrado principalmente en quiénes son admitidos y por qué, así como en las falencias del control fronterizo. La cuestión de fondo para él –y para todos los estadounidenses, claro está– es qué tipo de país quieren ser. Mucho más importante que los impuestos y quién paga por el parto de los hijos de los indocumentados es si éstos van a incorporarse a la cultura dominante, respetar la bandera, o ir a la guerra en caso de ser necesario. En términos académicos: un modelo monocultural o multicultural.

Según el columnista, un 87% de los estadounidenses sigue creyendo que quien sea que venga a vivir a los Estados Unidos tiene que ponerse en campaña para convertirse en ciudadano y aprender el idioma. Con ello, seguiría imperando en el grueso de la población la idea del "crisol cultural", que permite a los inmigrantes mantener su forma de vida siempre que reconozcan la supremacía de la cultura nacional. (El ideal multicultural sería meramente algo por lo que "sienten afecto las élites").

Desde esa perspectiva, lo que a Husock le preocupa es que, bajo el índice de asimilación desarrollado por la investigación, que mide los aspectos socioeconómico, cultural y cívico en una escala de 1 a 100, el promedio de igualación de todos los imigrantes al sistema de vida estadounidense sea de sólo 28 (inferior al mínimo de la gran ola migratoria de comienzos del siglo XX); y que el mayor grupo de inmigrantes, los mexicanos, exhiban un índice de asimilación de sólo 13, a un ritmo considerado extremadamente lento. (El resto de las conclusiones que alarman al analista se las pueden imaginar: los alemanes se asimilan por completo, mientras que los mexicanos que llegan bajo los cinco años tienen más proclividad a embarazarse jóvenes o a ir a la cárcel que los niños de otros grupos).

Dejando de lado las pesadillas penitenciarias o anticonceptivas de Husock, su postura en favor del crisol cultural de vieja escuela es perfectamente legítima. Lo que llama la atención es que el gran debate sobre la identidad del país –mucho más urgente que el debate racial del que hablaba Obama en su discurso de Filadelfia– se esté obviando, mientras en los hechos el multiculturalismo avanza inapelablemente.

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