El último perro

by juanmanuelbenitez

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(Foto: Stephen Crowley/The New York Times)

Por Juan Manuel Benítez

Si la semana pasada Simián escribía de caballos que llegan muertos a la meta, hoy toca hablar de canes que corren -y muerden- hasta morir el último. La de los Clinton ha sido una vida de perros: él es el doberman, que ataca sin aviso, mientras que ella lleva décadas soportando el título de hembra como insulto. Anoche en West Virginia Hillary corrió como un galgo, dejando al pekinés de Obama invisible en la distancia. Y ahora el calvo Carville, vendedor de la pócima Clinton, promete que la de Nueva York seguirá luchando until de last dog dies (hasta que muera el último perro).

La frase es un clásico de la pareja más poderosa -por el momento- del Partido Demócrata. Ya la utilizó Bill Clinton en el año 92 en New Hampshire, cuando se convirtió en el Comeback Kid (dieciséis años después, estos votantes de Nueva Inglaterra volvieron a apostar por el mismo apellido, contra todo pronóstico).

Los blancos pobres y sin estudios, y la tercera edad, empujan una vez más la arruinada campaña de Hillary (ya son 20 millones de dólares de deuda) hasta la meta final del 3 de junio. Ella se auto-erige como la más fuerte y le lanza un hueso al puñado de súperdelegados indecisos: ¿Si todos dicen que la contienda se ha acabado, por qué siguen acudiendo a votar -por mí- en masa?

Mérito tiene. La dimos por muerta, y ella sigue viva y coleando. La victoria de West Virginia fue aplastante y podría repetirse en Kentucky el próximo martes. No es tonta y sabe que la nominación se le escapó de las manos hace tiempo. Pero no se irá por las buenas. Quiere perder ganando; morir matando. Y Obama sueña con el día en que por fin pueda proclamar eso de muerto el perro, se acabó la rabia.

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