Yes, she can

by juanmanuelbenitez

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(Foto: Jessica Kourkounis para The New York Times)

Por Juan Manuel Benítez

Sí que puede. Por mucho que se empeñen los analistas, los columnistas, Barack Obama y Jose Simián, la senadora Hillary Clinton aún tiene la nominación presidencial -o la vice-presidencial- al alcance de la mano.

Un electorado mayoritariamente blanco, de clase trabajadora y femenino revitalizó en Pennyslvania -una vez más- su campaña, e impulsó una recaudación récord de diez millones de dólares en 24 horas para sus maltrechas arcas. Completó el triplete (comenzado con Ohio y Texas) que recomendó su esposo y exigieron los expertos. Barack Obama continúa -y terminará con casi toda probabilidad el proceso de primarias- por delante en número de delegados y de votos totales; pero pasan los meses, las semanas, los días y las horas y el de Illinois no es capaz de rematar la faena.

Que se callen los que exigen la retirada de Hillary. Nadie debe tirar la toalla después de ganar primarias de estados del calibre de California, Texas, Ohio, Pennsylvania, Nueva Jersey, Nueva York y Florida (aunque el resultado de este último no cuente por adelantar su fecha electoral). Obama aún no se ha enterado de que con un margen tan pequeño en el conteo de delegados (unos ciento y pico a su favor) y de voto total (menos de un millón) lo que de verdad importa es la voluntad de los superdelegados, no sujeta a la decisión de los electores, y preocupados por escoger al más capacitado para batir a John McCain en noviembre. Y a día de hoy, muchos de ellos tienen dudas de que él pueda lograr el apoyo del tan necesitado voto blanco de clase trabajadora.

"Yes she will!" (Ella sí lo conseguirá), gritaban los simpatizantes de la Clinton en Philadelphia la otra noche, retorciendo un eslogan más de la campaña Obama. Acusó a su contrincante de plagio y ahora es ella la que le roba la retórica, hasta dejarnos a todos los reporteros perplejos en el salón del Hotel Park Hyatt de Philadelphia.

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(Foto: Tim Farrell)

"Tornaremos las promesas en acción, las palabras se convertirán en soluciones, la esperanza se hará realidad. Mi respuesta a cualquier duda es: Sí, lo conseguiremos", concluía Clinton. No es tonta. Ha copiado lo mejor de su competidor, y le ha dejado sin la columna vertebral de su campaña de sueños y limpieza al empujarlo al barro de una interminable temporada de primarias. 

De ahí que este martes por la noche, el tradicional discurso de Obama sonara a hueco, tras semanas de contraataque que le han convertido en político a la antigua usanza. Para ganarle a los Clinton hay que sudar la camiseta, y la de Obama ya está empapada. Han conseguido escorarlo a la izquierda, caricaturizándolo como un lejano esnob elitista sin los pies en tierra firme. Y siguen inyectando en la campaña la narrativa racial que tanto le asusta. El senador -como el ex-presidente Clinton- sabe que una vez se convierta en el candidato afroamericano, la batalla está perdida. Y cuanto más se habla del votante blanco, más se oscurece su rostro.   

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(Foto: AP Photo/Jae C. Hong)

En esta campaña Hillary ha perdido la matemática, pero aún puede ganar la lógica. La sostiene la fidelidad de una coalición electoral de mujeres, ancianos y clase obrera, que en Pennsylvania no sucumbió al bombardeo publicitario de Obama (gastó casi cuatro veces más que ella en anuncios de televisión). Si la senadora perpetúa el cisma de la base en las próximas contiendas, la jerarquía demócrata tendrá que regalarle aunque sea el puesto de copiloto, y así apaciguar la desconfianza de muchos hacia un presidente afroamericano. 

Al final va a resultar que mi taxista tenía algo de razón

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