Palabras de campaña #7: amargo

by José Simián

Por José Manuel Simián

A pocas horas del pitazo inicial de las primarias de Pennsylvania, todavía no logran enfriarse las brasas de las palabras de Barack Obama en un evento de recaudación de fondos en San Francisco.

Para quienes no hayan encencido sus televisores en las últimas semanas, el 6 de abril, el candidato dijo en una parte que los habitantes de los pueblos pequeños del estado Piedra Angular, así como los de pueblos similares en el medioeste, habían visto sus trabajos desaparecer en los últimos 25 años; que no habían recibido ayuda en los gobiernos de Clinton y Bush hijo; y que por ello no era sorpresa que se volvieran amargos y se aferraran a las armas, la religión, a la antipatía hacia quienes no son como ellos, o bien hacia sentimientos antiinmigrantes o anti libre comercio para explicar sus frustraciones.

Alguien grabó las palabras en audio, y cuando una reportera "ciudadana" del Huffington Post las comentó (ni siquiera en su primer reporte sobre el evento), la campaña de Obama sintió una sacudida como la de un trasatlántico al que se le cruza un iceberg. En pocas horas, los medios de comunicación encendieron la epidemia de contagios que hoy constituye no un ciclo noticioso, sino la noticia misma. (La semana pasada, la lúcida sección de medios de comunicación del New York Observer se preguntaba desolada: ¿Qué constituye una noticia? ¡Quién lo sabe!).

(Y nos ahorraremos hacer un recuento de los estúpidos juegos de palabras con que nos han salpicado, nacidos de agregarle "amargo" a cualquier hecho campaña, en especial un cierto debate).

No hay duda: como político que aspira a la presidencia de los Estados Unidos, Obama debiera saber que hay cosas que no se dicen. Pero lo que huele mal es que el debate mediático haya girado en torno a su supuesto esnobismo y no a su falta de experiencia política.

Recordemos cómo tras el discurso que el senador por Illinois se despachó en marzo en la misma Pennsylvania sobre la división racial estadounidense, las reacciones de aprobación del público y los pensadores de la prensa coincidieron en un punto: la importancia de que alguien hubiese hablado con honestidad sobre un tema difícil.

Todos sabemos que las palabras por las que intentaron echar a tierra a Obama tienen mucho de verdad. El Estados Unidos profundo, el de los pueblos pequeños, no es distinto a regiones similares de cualquier parte del mundo, especialmente en países poderosos. Cuando el progreso los deja botados en medio del camino, la frustración es la más comprensible de las reacciones.

El problema parece haber sido no jugar con los códigos de lo políticamente correcto: en el discurso sobre raza, Obama estableció una dinámica bilateral de los problemas; repartió culpas por igual entre blancos y negros. En el torpe e innecesario comentario social sobre la gente de pueblo chico, en cambio, los culpables parecen haber sido de un solo color.

La moraleja de esta historieta parece ser, entonces, que en política la honestidad sólo es aceptable cuando hiere sensibilidades de manera  equitativa. La otra, la honestidad a secas, es un error de principiantes.

Advertisements