Sobre el café en Nueva York

by José Simián

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Por José Manuel Simián

UNO. Mediano, leche y azúcar, exactamente a las cinco de la mañana, en el carrito estacionado en la Novena Avenida frente al Chelsea Market. Un dejo a jarabe de almendra o nuez, quizás el secreto de my friend, al que en todas estas madrugadas nunca le he preguntado el nombre, para diferenciarse de la competencia que en estas materias sí que es infinita en Nueva York. A estas horas del día, sin embargo, en que comienzo mi día laboral caminando a tientas entre los postes de luz, este local itinerante estacionado justo en frente de un Starbucks, ejerce sobre mí un monopolio natural.

DOS. El macchiatto o capuchino —todo depende del día, la hora y el ánimo— que sigue a ese combustible degradado de la madrugada. Aquí, en Ninth Street Espresso, los baristas preparan cada taza como si fuera la última, vertiendo la espuma sobre el café primero en una nube que se revuelve con movimientos secos de muñeca, para luego lanzar un chorro blanco que cae en la taza y emerge de esa pequeña profundidad convertido en hoja o corazón.

Benítez y Simián acodados en el mesón de piedra intentando establecer una conversación que estire el brebaje , una charla con sabor a recreo escolar de las noticias que, huelga decirlo, son como las clases: casi siempre iguales.

Notas de banana y chocolate entre la noche del café y el día de la espuma; notas de política y de la pequeña historia de una oficina como cualquiera. Una conversación que, como el líquido, se consume rápido.

TRES. El café que se pide sin adjetivos, salvo el número de bocas, en un diner o restaurante de brunch cualquiera. Amargo y oscuro si lleva mucho tiempo en la cafetera; normalmente más liviano y aromático donde los precios son mayores pero, paradójicamente, se atiende peor y rellenan menos la "taza sin fondo”. A un costado, siempre un jarrito metálico con la leche que nunca es suficiente.

Mientras el desayuno o el brunch abren la mañana o el mediodía, las tazas se llenarán y vaciarán más veces de las necesarias, como intentando satisfacer el más primario de los impulsos de sobrevivencia: chupar.

CUATRO. Una cápsula que escojo en la cafetería de la revista para la que trabajo de vez en cuando y luego pongo en una máquina que escupe, en pocos segundos, un líquido insatisfactorio como sueño inconcluso. Le agrego la mezcla de leche y crema que hay a nuestra disposición en un amplio refrigerador y, mientras revuelvo el brebaje, recuerdo que la revista pertenece a una gigantesca empresa que parece poseerlo todo; que el café que nos regalan nos mantiene produciendo; y esa advertencia maternal allá, a lo lejos, de que el primero te lo regalan…

Al sentir que este potaje comienza a irritarme el paladar y a detonar un dolor de cabeza desde el medio del cerebro, recuerdo también que  la última vez que estuve aquí prometí que nunca más. Abajo, sin embargo, en la Sexta Avenida, el tráfico sigue escurriendo como cuando esa promesa fallida, y no entiendo bien si es ahora o entonces, si el café o yo.

CINCO. El perfume intoxicante del café siendo tostado en una vieja máquina roja en D’Amico de Carroll Gardens, Brooklyn. Los viejos italoamericanos del barrio tomando su ración en la parte de atrás mientras aquí adelante se abre ante nuestros ojos una muralla llena de granos de todas las prodecencias y todos los grados de tostadura, como un mundo repleto de promesas de vivir días infinitos entre taza y taza.

SEIS. El café como medida de las horas. El café como medida de nuestros
deseos. El café como medida de nuestra tolerancia. El café como medida de lo imposible.

SIETE. El café como desafío del sueño. El café como desafío de la gravedad. El café como desafío del tiempo. El café como desafío de la muerte.

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