El sustantivo Errázuriz

by José Simián

ErrazurizPor José Manuel Simián

La primera vez que escuché hablar de Sebastián Errázuriz fue en Chile. La frase venía coronada con el adjetivo "inventor", lo que, antes de ver una sola de sus creaciones, despertó mi respeto. Un tipo que a los veintitantos años había logrado que la gente considerara la novedad parte de su profesión tenía, por sobre cualquier escepticismo, un talento nato.

La segunda fue en las páginas de una revista, pero ahora el adjetivo era "diseñador". En la nota, una lista de logros nuevamente sorprendentes para alguien tan joven.

La tercera fue a través de los diarios, y el adjetivo predominante era "artista": Errázuriz colocando una vaca en un potrero que había fabricado sobre un edificio del gris centro de la capital chilena; Errázuriz plantando un árbol en el centro del Estadio Nacional de Santiago. Mirando la paz que ese gigantesco magnolio generaba en ese recinto en que otros habían sido torturados y yo había corrido de estudiante, y sufrido y gozado como fanático del fútbol, sonreí.

La cuarta vez escuché de él fue en Nueva York. Esta vez los adjetivos eran los que los chilenos (y me imagino que los de cualquier otro país pequeño y acomplejado) solemos reservar para quienes tienen el éxito que envidiamos. Supe que había llegado el momento de escribir.

La quinta ocasión, el adjetivo se lo puse yo, inmigrante, y he aquí parte de lo que me dijo sobre traer sus proyectos de arte urbano a Manhattan:

A Nueva York le faltan eventos culturales que escapen de las estructuras normales, eventos que rompan los paradigmas de la vida diaria. Es como coquetear. Estás tomando un café una mañana y pasa una mujer linda que te mira; tú la miras de vuelta y se produce un momento mágico, que te acompaña el resto del día. Ése es el tipo de regalos inesperados que quiero crear.

Advertisements