Otra baja

by José Simián

Florent_2

Por José Manuel Simián

Decir que Nueva York nace y muere todos los días encierra algo de verdad dentro de la cursilería. En los casi cuatro años que llevo aquí, he visto más restaurantes, bares y locales abrir y cerrar de lo que en casi 30 en mi país de origen. Lo que duele es cuando uno ve caer frente a sus ojos a lugares que llevaban soportando con éxito las ingratitudes de la ciudad temporadas más largas que las de miles de personas que habían llegado para quedarse. (De alguna forma, con ello la ciudad nos recuerda en la cara, que nuestras debilidades son más terribles en este lugar: Nueva York como un campo de batalla y campo santo).

El turno de la despedida es ahora para el Florent, el diner de 24 horas que representa(ba) uno de los pocos lugares amables del intragable Meat Packing District de Manhattan: el absurdo de la "gentrificación" convertido en obra de arte; un barrio con olor a carne podrida en que viven y se divierten los millonarios.

Por mucho que en su torpe titular el New York Post lo califique de "restaurante para las estrellas", en sus mesas apretadas una junto a la otra se hacía realidad parte del mito que a muchos nos atrajo a esta ciudad: el de la gente brillante y rara, de fortunas misteriosas, vestidos de una manera que hace imposible saber si son millonarios o artistas buscavidas, mirándose e ignorándose mutuamente a cualquier hora del día.

Extrañaremos su comida, los mapas de lugares remotos que poblaban las paredes y los menús, y el tablero de felpa negra donde, con unas pocas letras blancas, se anunciaban eventos mayores o menores de la ciudad que – ahora sí – dormirá un poco más.

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