El emperador no tiene quien le escriba II

by José Simián

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(Narayan Mahon para el New York Times)

Por José Manuel Simián

Hace algunos días comentamos en esta página del despilfarro frente a una noticia caída del cielo para cualquier profesional de la prensa hambriento de demostrar sus talentos. El fracaso no es sólo que los titulares pudieron haber sido más ingeniosos o elegantes, sino el simple hecho de que la mayoría de los periodistas neoyorquinos se apuró en hacer bromas sobre Spitzer, en criticar su hipocresía. Les faltó pensar que todo eso se extingue en pocos segundos, y que la verdadera noticia aquí más que la identidad de la putita, la crisis matrimonial o incluso el futuro político de Albany (que no va a cambiar de la noche a la mañana, aun si ponen de gobernador a un Abraham Lincoln) – está en los lectores, que nos vemos reflejados en y cuestionados por el pecador de Spitzer.

Una prensa astuta habría probado formas de poner (no literalmente, claro está) un espejo en la portada de sus diarios o sus noticieros. Después de todo, convertir al gobernador – que, digámoslo de una vez, en muchas ocasiones ha elevado la arrogancia a extremos imperiales, criando enemigos como si fuera parte de su puesto – en carne de cañón, nos deja a todos un poco más desolados después del festín o el comentario burlón en la calle o la oficina. Tan desolados como se debe haber sentido Spitzer después de la euforia de sus fiestitas de hotel.

Una de las pocas voces razonables en este sentido apareció en el New York Sun, de la boca del rabino Hillel Goldberg, quien pidió misericordia para Spitzer:

Hechas todas las advertencias, entonces, sí, Eliot Spitzer merece misericordia, por una razón muy simple: todos necesitan misericordia. Todos los templos debieran tener sus puertas abiertas para quienes han cometido pecados, sin importar lo abominables que sean; y cada delincuente, cualquiera sea su crimen, merece apoyo pastoral.

Por supuesto que es fácil ser cínico frente a declaraciones como ésta, especialmente viniendo de un religioso. Simplemente las citamos aquí porque, de entre toda la tinta con que nos quemamos los ojos esta semana, ésta fue la que puso el dedo con más precisión sobre el fondo de esta noticia: la debilidad humana, algo tan cercano y terrorífico que cada día nos desgastamos sin darnos cuenta intentando contener su inundación.

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El Sun puso otra nota de objetividad (y creo que algún otro periódico también, pero se me escapa), al apuntar que el escándalo Spitzer se destapó por un documento que iba destinado a procesar a cuatro personas que formaban parte de la red de prostitución, que nada tenían que ver con la conducta del gobernador. Por eso, detalles como la supuesta preferencia de Spitzer por no usar preservativo en sus encuentros con prostitutas, parecen haber sido incluidos por los fiscales exclusivamente para humillarlo, aunque algunos de los profesionales consultados en la nota rechazan semejante interpretación.

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Finalmente, una palabra para la cobertura de la prensa en español de la ciudad: insuficiente. El Diario tuvo en sus páginas al Padrino Gerson Borrero diciendo el miércoles que Spitzer "nos engañó" como si todos fuéramos su esposa (no hay vínculo de Internet para Borrero, nunca entendemos por qué), y el jueves, nuevamente, comunicándonos la sorprendente noticia de que Albany son todos enemigos y nadie quiere colaborar con nadie.

Mucho más despierta resultó el viernes la abogada Raysa Castillo (nuevamente, no hay vínculo en Internet), quien se hizo parte del sub-debate sobre el rol de comparsa en esta tragedia que adoptó Silda Spitzer. Las mujeres con tribuna se han puesto casi todas a rogarle a la esposa del todavía gobernador que junte su orgullo con sus cositas y comience una nueva vida. (La posición más extrema al otro lado del espectro fue la de Cindy Adamsen el NY Post, diciéndole a "su amiga" Silda que no se separara de su hombre, y que un marido vaya donde una prostituta es "menos trabajo para la madre" y "como pedir comida a domicilio").

Castillo tuvo la lucidez de encarar el dilema de la (aún) señora Spitzer desde el punto de vista del orgullo dominicano:

[P]or más que trato, no me imagino a una esposa, por ejemplo, dominicana, desempeñando el papel de la sufrida esposa. Sin analizar profundamente el asunto, tengo la impresión de que sí subiría a la tarima, pero para apropiadamente despedir al "casi-ex-esposo" gobernador públicamente y no simplemente dejar que él se despida.

Como siempre, sin embargo, El Diario muestra su verdadera opinión editorial en los lugares menos esperados. El mismo viernes fue el turno de publicar su sección de relaciones, que atribuyó la caída de Spitzer a la crisis masculina de los 40. Ahí, entre sus tradicionales imágenes de banco de datos (un prototípico hombre latino en traje crema parado sobre fondo blanco junto a un modelo que nos recuerda a Ruud Gullit con sus trencitas), se nos intenta explicar que Eliot se habría visto tentado por la temible red de prostitutas para evitar sentirse viejo. Entendemos el punto de la sección Relaciones: Eliot es como nosotros, como usted o como yo, caballero latino. (Sin embargo, a Eliot le corresponde un cuadro de los famosos: otras víctimas de la crisis serían Tom Cruise y Brad Pitt).

Pero lo que resulta sencillamente sorprendente es que esta nota sea para El Diario tema digno de referencia en portada. Al ver el titular ("La crisis de los cuarentones") metido seriamente entre la historia de una mujer desaparecida, la sentencia del inmigrante ecuatoriano que mató a la actriz Adrienne Shelly y el inminente fallo del caso Nixzmary Brown, no podemos dejar de pensar en El Diario como una maravilla camp.

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