Romney vuelve a cambiar de opinión

by juanmanuelbenitez

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(Foto: Rick Friedman para The New York Times)

Por Juan Manuel Benítez

Con las manos en los bolsillos, como con desgana, Mitt Romney respaldaba ayer la campaña de John McCain, una semana después de abandonar la contienda presidencial republicana.

Hay que reconocer que Romney tiene buen perder. Durante meses gastó millones de dólares de su propia fortuna atacando al senador de Arizona en comerciales de televisión y radio, subrayando sus diferencias en materia de impuestos, inmigración y seguridad nacional. Su agria relación de campaña llegó a su cénit en el último debate, celebrado en la Biblioteca Presidencial de Ronald Reagan en Simi Valley. Allí, ambos quisieron reclamar como propio el legado de quien se ha convertido en el icono conservador de la temporada.

Romney dice que Estados Unidos no puede permitirse un presidente del Partido Demócrata en esta "hora peligrosa". Prefiere a McCain como Comandante en Jefe, a pesar de sus desacuerdos en materia de tortura: McCain se opone firmemente a ella, habiéndola sufrido en sus propias carnes; Romney descarta poner calificativos a los diferentes métodos de interrogación, como por ejemplo el ahora tristemente popular de ahogamiento simulado.

Pero no es la primera vez que ambos se unen para echarse una mano: en el 2002, John McCain respaldó al "honesto y decente" Mitt Romney durante la campaña que le llevó a la gobernación del Estado de Massachusetts. La historia se repite.

Aún desconocimos qué le habrá prometido McCain a Romney para salir de la mano ante las cámaras este 14 de febrero. ¿Quizá el puesto de vicepresidente? El ex-gobernador de Massachusetts no tiene nada que perder y mucho que ganar. Con este gesto conserva su lealtad al partido, con miras a otra posible candidatura en cuatro u ocho años. Mientras tanto, McCain apacigua con su ayuda los temores de la derecha más conservadora.

Tienen, sin embargo, trabajo por delante. "¿¿¿En serio???", se están preguntando hoy muchos republicanos al ver la reconciliación de estos dos hábiles políticos. Sí, sí. En serio. Porque ni las parejas peor avenidas son inmunes a las flechas de Cupido.

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