Al final de la calle

by José Simián

Jalopy_6   

Por José Manuel Simián

Al final de la calle Columbia, cerca de la entrada al túnel, ahí donde los nombres de los barrios que rodean al puerto de Brooklyn – Carroll Gardens, Red Hook, Columbia Waterfront – se confunden, junto a un bar igualmente polvoriento, hay un lugar llamado Jalopy. Tras la puerta de madera, unas viejas guitarras eléctricas cuelgan de las murallas con las cuerdas en silencio, y una máquina de café espera que alguien la despierte, para levantar a su vez al mundo.

Al fondo, más allá de unas cortinas, el sueño es más profundo: un escenario que parece sacado de un salón del Far West, precedido de bancas de misa sobre las que probablemente nunca nadie rezó.

Fue ahí donde la otra noche, bajo la luz granulosa, vi a un grupo de tipos venidos de lugares impredecibles para lo que hacían o para estar esa noche ahí – el mismo Brooklyn, Harlem, Kentucky, el norte del Estado – , turnarse para tributar a John Hartford, músico de bluegrass, country y más. La figura de Hartford – sobre quien nada sabía hasta ese momento, pero que ahora se me hace ineludible – unía a este puñado de treinteañeros con pintas de banqueros, duros de puerto, jipis trasnochados o cazadores de mapaches desdentados, justo al medio de esa Old Weird America de la que habla Greil Marcus – el Estados Unidos salvaje que los rascacielos y el presente no nos dejan ver, pero que sigue coleando, rabioso y transparente – .

Desde aquí, desde uno de esos edificios altos a los que Hartford temía tener que partir, miro por la ventana a esa America vertiginosa que corre por la Sexta Avenida entre el café y los taxis amarillos, mientras, en Brooklyn, las tablas de Jalopy duermen hasta que se vuelva a hacer de noche.

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