Cuando es mejor callar

by José Simián

Por José Manuel Simián

Carmen_miranda_2 Ser inmigrante en la Tierra de las Oportunidades tiene trampas inesperadas. Cuando uno decide instalarse aquí -con un cierto dominio del inglés, con algún plan para cumplir o sortear las leyes migratorias- nunca se imagina que a la larga el acento con que habla el inglés pueda ser una señal de diferencia o un motivo de discriminación. Pero así es.

El punto sobre las eñes fue marcado por Dolores Prida en la aguda columna Si Spika Da English publicada en el Daily News. Ahí calcula las consecuencias de la defensa esgrimida por Mitt Romney ante los ataques de Rudy Giuliani de haber convertido su casa en una "mansión santuario" por contratar a una compañía que empleaba a inmigrantes ilegales. El candidato se preguntó si le correspondía a él revisar el estatus migratorio de todas las personas que tuvieran un "acento gracioso". Prida ve correctamente en sus palabras (que algunos podrían tomar como ausencia de prejuicios) la mayor de las discriminaciones contra los hispanos: todos los que tienen "un acento" pueden ser ilegales.

Un trozo de la columna:

"[Desde las declaraciones de Romney] llevo mi pasaporte conmigo cada vez que salgo, incluso a la bodega de la esquina. Soy una de esas ciudadanas estadounidenes que hablan con un acento ‘gracioso’. No, no crecí en Brooklyn, Nueva Orleans o Dallas. A pesar de que la gente de esos lugares, como muchos otros, sí tienen acentos, pero nadie los califica de ‘graciosos’. Ese adjetivo suele reservarse a la gente que tiene un acento hispano, como yo".

Prida traza el origen de esta "gracia" del acento hispano al inicio de las películas habladas: Lupe Vélez en los 30’s y 40’s, cuyo atractivo humorístico residía en una erupción de palabras acentuadas cuando se encontraba en aprietos; el personaje de Ricky Ricardo en "I Love Lucy"; y Carmen Miranda, que con el frutero en la cabeza pasó a la historia como símbolo de una Latinoamérica tan exótica como ridícula. (Vale la pena recordar en esta historia de confusiones que Miranda era brasileña, y que la imposibilidad de escapar de esa imagen le valió depresiones y una muerte temprana).

Pero nos estamos desviando. El asunto es que el acento anglosajón sirve como un medio de reconocimiento y delimitación para quienes tienen el sartén por el mango. Incluso en el extremo alto del espectro profesional son comunes las historias de profesionales latinos que sintieron que nunca progresarían todo lo que sus medios les permitían por ser extranjeros, lo que muchas veces no significa otra cosa que hablar con acento. En éste como en otros casos se hacen útiles las palabras de Gloria Anzaldúa al referirse al español chicano:

Voces_fix_2 "Si de verdad quieres herirme, habla mal de mi lengua. La identidad étnica es una piel gemela de la identidad lingüística: yo soy mi lenguaje. Hasta que pueda sentirme orgullosa de mi lenguaje, no podré sentirme orgullosa de mí misma".

Quizás, entonces, la triste opción a la vez que nos vemos enfrentados quienes acarreamos esos ineludibles (y entrañables) sonidos extraños en nuestras lenguas sea simplemente sentirnos orgullosos de ellos (y resignarnos a no ser asimilados del todo), o bien callar. Y algunas personas que hablan inglés sin acento como Mitt Romney, quizás puedan también considerar el silencio como opción, pero por eso de las moscas.

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