Grietas en el paraíso

by José Simián

Por José Manuel Simián

Flowerivy Mientras sigue sin resolverse quién colgó en octubre una soga de horca en la puerta de una profesora afroamericana de la Universidad de Columbia, otro extraño incidente de odio se produce en una universidad Ivy League.

El lunes el New York Sun reportó que un estudiante conservador de Princeton había sido golpeado salvajemente. Entre los pecados de Francisco Nava (estudiante de college con mención en política, hijo de un latino) habrían estado hablar contra las relaciones prematrimoniales y el matrimonio homosexual. Nava, líder del grupo Anscombe Society, había reportado días antes haber recibido amenazas mediante un correo electrónico. Según la nota original, el ataque se había producido en el contexto de un clima de hostilidad hacia la sección reaccionaria del alumnado. Consultado tras los hechos, el polémico David Horowitz, se apresuró a declarar que "la izquierda se ha convertido en el nuevo grupo de odio".

Pero el mismo lunes se descubrió que las heridas del joven mártir habían sido autoinfligidas, y las amenazas, que también recibieron otros coservadores de Princeton, de su autoría. La farsa comenzó a descubrirse tras salir a la luz que en la escuela secundaria Nava había participado un incidente similar: su compañero de cuarto, activista homosexual, recibió entonces un correo con insultos, que resultó haber sido escrito por él bajo otro nombre. Quizás lo más increíble de todo sea que quienes visitaron al estudiante en el hospital, descartaron en un principio que se hubiese golpeado a sí mismo, por la gravedad de las lesiones a su rostro y mandíbula. (Según otros reportes, para conseguir el resultado, arrastró su cara por una muralla y se golpeó varias veces con una botella de vidrio).

Dejando de lado los problemas psicológicos de Francisco Nava, dos reflexiones. Primero, que mientras duró la farsa, las acusaciones de Horowitz contra la izquierda tuvieron un peligroso olor a realidad. A veces da la impresión – tanto en Estados Unidos como en Sudamérica – que quienes dicen defender las libertades individuales están tan seguros de sus verdades que no temen ser intolerantes contra quienes piensan distinto. Segundo, que incidentes como el de la soga en Columbia o el de la paliza masturbatoria de Princeton -dos  grietas en el fresco de las universidades "cubiertas de hiedra", supuestos centros de los intercambios más ilustrados- incrementan la sensación de que en Estados Unidos, el debate público se parece cada vez más a un donut: extremos con un inmenso vacío en el medio, justo donde respira la democracia.

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