Ese país remoto

by José Simián

Por José Manuel Simián

                   

WobegonSon pocas las cosas que sé sobre el país en que vivo. Pero si alguien me preguntara qué es lo que lo hace bueno, lo mandaría directo a escuchar Prairie Home Companion, ese programa radial que desde hace más de 30 años conduce Garrison Keillor.

            Escritor, poeta, voz para grabaciones de libros y músico, Keillor es estadounidense en el mejor sentido posible. La idea de Prairie Home Companion –programa de variedades de vieja escuela, con audiencia, músicos en vivo y radioteatro – se le ocurrió mientras escribía para el New Yorker un artículo sobre el Grand Ole Opry, el programa radial más antiguo de los Estados Unidos (1925), dedicado a la música country en directo. Cada sábado, desde el teatro Fitzgerald de Saint Paul, Minnesota, o de otros puntos del país, se transmite a través de las incorruptibles ondas de la red de emisoras National Public Radio, NPR. Y desde 1974, sus auditores han crecido de un puñado a cerca de 4 millones.

            Una emisión de Prairie Home Companion tiene músicos invitados, anuncios comerciales para auspiciadores ficticios (pastel de ruibarbo, sociedades de beneficiencia puritanas), cuadros cómicos, efectos de sonido fabricados en directo, las historias del investigador privado Guy Noir (que vive en una “ciudad que sabe guardar los secretos”) y los pequeños enredos del pueblo del Lago Wobegon (“donde todas las mujeres son fuertes, los hombres son bien parecidos, y los niños están sobre el promedio”). Es una oda a un país remoto que sigue existiendo en alguna parte, aunque nunca existió de verdad; una América profunda donde los valores importan y la guerra no existe; un país hecho con las manos y libre del dominio de las grandes compañías; un lugar en que Walt Whitman y Bob Dylan se dan la mano (de hecho, de ahí vienen precisamente The Basement Tapes).

            En el espectáculo de la semana pasada en el Town Hall de Manhattan, la letra del tema inicial estuvo dedicada a la calle 43, donde se erige del teatro – dos dígitos convertidos en lugar espiritual –, hubo efectos de sonido de las esquinas de Nueva York y una cantante de Broadway, y Guy Noir terminó especulando en Wall Street. Pero el momento decisivo estuvo marcado por la presencia de Odetta, la leyenda de la música folk, blues y gospel.

Odetta Sobre una silla de ruedas, salió al escenario hablando con voz de vieja sabia sobre la segregación que le impidió ser cantante de ópera y deslizando comentarios sobre el estado de las cosas en el país ("Pensar es patriótico, decía una calcomanía en un auto"). Pero al abrir su boca para cantar, salió una joven de piel dulce y sangre en los dientes. Y la historia completa de los Estados Unidos se hizo un segundo de su canción – una voz del más allá con un micrófono en Nueva York.

            Tras el intermedio, Odetta volvió al escenario para cantar el standard House of the Rising Sun – canción verdaderamente folk: sus orígenes se pierden en el tiempo – acompañada sólo de un piano. Terminada la primera estrofa, el piano se detuvo y Odetta siguió cantando a capella, su voz sobre el aire negro del teatro contando la historia de la niña de Nueva Orleans que repasa su vida cuando va a morir sola, mirando hacia el momento en que comenzó a “buscar placer” en la casa donde el sol se levanta.

En ese país remoto que existe entre las casas amables y con olor a pastel del Lago Wobegon y las casas donde la gente se juega su destino, brillante o fatal, ahí quiero despertar todos los días.

Advertisements