Llamadas perdidas

by José Simián

Por José Manuel Simián

Observer_3_6El New York Observer—periódico snob, si los hay—publicó esta semana en su excelente sección de medios de comunicación un obituario para el departamento del New York Times dedicado a transcribir las notas que los reporteros dictaban por teléfono. El “Recording Room” recibe las paladas del adiós de los computadores portátiles y los Blackberries. Hace años que dejó de ser “la matrona” de las noticias que recuerda el escritor y periodista Gay Talese.

     En una ocasión, cuenta el artículo, gracias a que la célebre sala transmitía boletines informativos a los barcos, incluso le sirvió de fuente noticiosa a un joven reportero. Max Frankel recibió la señal de la colisión de dos naves, lo que significó su primer golpe periodístico—el inicio de una carrera que lo llevaría a ser editor ejecutivo del diario.

     Adiós, entonces, a un viejo estilo de periodismo que algunos nunca llegamos a conocer; uno más romántico, con tipos como Talese, sacados de una novela noir, reportando desde una cabina telefónica en el Bajo Manhattan, o deformando las palabras para que los agentes rusos no pudieran entenderlas. Adiós, ahora sí para siempre, al periodismo en que un equipo trabaja de trasnoche, tomando decisiones de último minuto, para que la nota pueda ser incluida, inmodificable, en la edición matutina. Y gracias a rarezas como el Observer por seguir existiendo—sus lectores acariciando sus páginas salmón como una piel fugaz, mientras buscan en las esquinas las cabinas telefónicas que ya han desaparecido.

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