Los mexicanos serán gays este 2008

by juanmanuelbenitez

por Juan Manuel Benítez

Más de seis millones de mexicanos indocumentados corren el riesgo de convertirse en la piñata de esta campaña. Si las cosas siguen como hasta ahora, los inmigrantes indocumentados están destinados a ser los homosexuales del 2004. Y cuando hablamos de indocumentados en Estados Unidos, la imagen que se nos viene a todos a la cabeza es la de un mexicano cruzando el desierto de Arizona o el río Grande. No creo yo que los que escupen cada día su retórica anti-inmigrante –cada día, cada tarde… y alguno que otro, cada noche, desde la auto-proclamada cadena de noticias más fiable del país- tengan en mente a un alemán de los muchos que viven en Estados Unidos con el visado vencido.

Media hora se pasaron los candidatos republicanos a la presidencia discutiendo sobre inmigración en el último debate televisado por la CNN. Y es que saben que la inmigración ilegal ya se sitúa en el primer lugar de los temas de importancia para el electorado republicano, según los sondeos.

Es un tema fácil de manejar y de entender: legal contra ilegal; dentro de la ley o fuera de ella. Y todos a votar por un presidente que nos proteja de la ilegalidad que amenaza nuestras vidas.

De la misma manera amenazó nuestra existencia el matrimonio homosexual hace tres años. Los estrategas republicanos hicieron un trabajo de película en el 2004: según sus cálculos, lograron que tres millones de votantes de fuertes valores religiosos acudieran a las urnas para reelegir al presidente George W. Bush. Más allá de los problemas en Iraq, la economía o la falta de cobertura médica, querían asegurarse con su voto que la institución del matrimonio continuaba como la unión entre un hombre y una mujer. La idea de dos hombres o dos mujeres casándose ante la autoridad civil amenazaba la identidad de la unión heterosexual.

El congresista de Colorado y candidato presidencial republicano Tom Tancredo está preocupado porque los indocumentados de hoy no tienen –según él- el deseo de asimilarse a la sociedad anglosajona, de la manera que lo hicieron sus cuatro abuelos italianos. Seguro que le asusta, como a muchos, que hablen un idioma extranjero –del que, por cierto, nació el nombre de su Estado- y que tengan costumbres distintas a las suyas. Su mera presencia en suelo de Estados Unidos es una amenaza a la identidad nacional. Y no se conforma con llamarlos ilegales; en un anuncio de campaña va más allá, calficándolos de terroristas potenciales.

Los demócratas son más benévolos. Quieren una reforma migratoria integral, que les ofrezca a los doce millones de trabajadores sin papeles una vía hacia la regularización. Sin embargo, empujados por la retórica del debate, insisten en que antes habrá que fortalecer la frontera mexicana. Nada dicen, sin embargo, de cerrar los aeropuertos. Esa variable –como muchas otras- convertiría la ecuación migratoria en una de segundo grado. Y ya sabemos qué complicado es para todos eso de las matemáticas.

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