El derecho a ser ilegal

by José Simián

por José Manuel Simián

Un cartel se ha comenzado a repetir en las manifestaciones contra los inmigrantes ilegales en Estados Unidos. Dice: “¿Qué parte de ilegal no entiendes?”. La leyenda resume perfectamente uno de los principales argumentos de quienes ven como una amenaza estar rodeados de personas no aprobadas por el gobierno: que la ley (migratoria) está para ser cumplida, y las fronteras (que no son más que leyes), respetadas. El argumento no deja de ser poderoso y amenazante por su simpleza.

Y los defensores de quienes tienen problemas con la Migra se han sentido amenazados con el uso del adjetivo ilegal en el debate—incluso aplicado a “inmigrante”. Agrupar a los indocumentados bajo cualquier tipo de ilegalidad sería discriminatorio. Una columna editorial publicada en el New York Times sugirió que ello “contamina el debate” y que “bloquea las soluciones”. Para mi sorpresa, muchos de mis compañeros periodistas hispanos piensan igual.

What_part_3 El argumento de fondo es que se estaría calificando a la persona de ilegal. Las personas no son legales o ilegales, me dijeron. Puede ser, respondí, pero nadie ha dicho eso, sino que se están refiriendo a la legalidad de su estatus migratorio, que no está bajo discusión. El problema —aún si resolviéramos esas estériles disputas semánticas, legales o lógicas de a quién se aplica el temible adjetivo— es que con posturas como ésas, quienes pretenden apoyar a los inmigrantes irregulares (¿y este adjetivo que se me acaba de ocurrir, será peligroso?) terminan debilitando su causa.

En una cosa tienen razón quienes se preocupan de los sustantivos y los adjetivos: las palabras escogidas para delimitar un debate pueden determinar su resultado —recordemos, por ejemplo, el efectivo ingenio del gobierno de Bush en resucitar el concepto de “armas de destrucción masiva”. Hay al menos dos problemas para los inmigrantes ilegales (y la causa de que sean “legalizados”) con emplear exclusivamente eufemismos supuestamente respetuosos como “indocumentados”.

En primer lugar, elimina de la discusión su punto esencial. No estamos discutiendo de documentos de más o de menos, sino que este país ha incorporado a su economía y depende de gran parte de esas más de 11 millones de personas que han ingresado o permanecido en él violando las leyes de inmigración. La “ley” se ha vuelto inoperante y, a la luz de las circunstancias, injusta.

El segundo problema es que los eufemismos, que pueden ser buenos para evitar situaciones incómodas, son ineficientes cuando lo que se quiere es, precisamente, obligar a que la parte contraria —en este caso, el gobierno de los Estados Unidos— reconozca que no puede seguir manteniendo en las sombras a estos “ilegales” porque, a la larga, habla muy mal del país (esclavitud institucionalizada) y le genera mayores problemas. Aquí es importante considerar que los eufemismos —palabras “colchón” — evitan tocar la realidad con las manos y desvían el debate hacia lo que cada parte quiere que esa palabra suavizada signifique para ellos, perpetuando las posturas de cada lado y los estereotipos. En otras palabras, si a algún inmigrante sensible le hace sentirse mejor que no le recuerden que vive fuera del sistema, el conservador recalcitrante puede seguir llenando esa palabra vacía con todas sus fantasías apocalípticas protagonizadas por el jornalero parado en la esquina.

Pero hay algo más. El querer suavizar el lenguaje para los oídos de los inmigrantes es tan estúpido como paternalista. Estúpido, porque quiere proteger a los inmigrantes de que escuchen una realidad que nadie discute: que ingresaron al país o se quedaron en él violando conscientemente el sistema jurídico. Paternalista, porque supone que es necesario defender las susceptibilidades de personas que lo arriesgan todo por venirse a buscar una vida mejor a este país, muchas veces sin siquiera hablar el idioma, sufriendo abusos y sabiendo que en cualquier momento pueden perderlo todo. Esas personas tienen cosas más reales e importantes en la cabeza, todos los días, y no le tienen miedo a las palabras.

Nation_of_laws La ley es una creación humana, producida, en una democracia como la estadounidense, después de mucho debate y trabajados acuerdos. La ley no es necesariamente sinónimo de que algo sea “bueno” en términos éticos; sirve determinados propósitos. Es simplemente una norma, que puede ser cumplida o no cumplida. De hecho, como dice correctamente el artículo al que me refería, los seres humanos solemos ser una suma de ilegalidades. Todos los días violamos voluntariamente leyes, porque estamos dispuestos a correr el riesgo, o porque consideramos que la norma es injusta o ha perdido su razón de ser. Y todos los días se derogan o modifican las leyes por estas últimas razones. Las leyes —como las palabras, a su manera— no siempre muerden.

La discusión sobre la inmigración ilegal a los Estados Unidos es una guerra, una que no podemos tapar con un dedo ni con palabras. Los más de 11 millones de inmigrantes que viven en el país sin permiso deben reconocer a tiempo que la única salida pasa por enarbolar su situación de ilegales, tal como cualquier ciudadano puede decidir en su momento infringir voluntariamente la ley, o desobedecerla cuando la considera injusta. El ganar esta guerra justa tiene que ver con el derecho a ser ilegal.

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