Hipocresía republicana
by José Simián
Disfrutad:
Por José Manuel Simián
He aquí el video en que Sarah Palin dijo, en junio pasado en una iglesia de la que había formado parte, que la guerra de Iraq era parte "del plan de dios":
Más información en este artículo del Huffington Post.
Por José Manuel Simián
Según el ex gobernador de Massachusetts, Mitt Romney, tras casi ocho años de gobierno republicano, y 12 de dominio casi absoluto de las dos cámaras del Capitolio (1994-2006), Washington no es lo suficientemente conservador.
Dijo el hombre de la quijada de hierro anoche en la Convención Republicana:
La semana pasada, los demócratas hablaron de cambio, pero déjenme preguntarles algo. ¿Creen que por estos días Washington es liberal o conservador? Una Corte Suprema que le reconoce derechos constitucionales a los terroristas de Guantánamo, ¿es liberal o conservadora? ¡Es liberal! Un gobierno que antepone los intereses del sindicato de maestros a los de los estudiantes, ¿es liberal o conservador? ¡Es liberal!
Un Congreso que detiene la construcción de las plantas nucleares y la perforación petrolera en alta mar, haciéndonos más y más dependientes de los tiranos del Medio Oriente, ¿es liberal o conservador? ¡Es liberal!
Si, descontando la inflación, determinamos que el gasto gubernamental se ha duplicado desde 1980, ¿es éste un gasto liberal o conservador? ¡Es liberal!
Es cierto que necesitamos cambio… ¡cambio de un Washington liberal a uno conservador! Tenemos una receta para todos los estadounidenses que quieren cambio en Washington: ¡echar a los liberales que defienden un gran aparato estatal y elegir a John McCain!
Sin siquiera entrar a analizar las confusiones conceptuales, mi pregunta no va por el lado de lo que es liberal o conservador. Un político que dice estas cosas seriamente, con su partido en el gobierno, ¿es o se hace?
Juzgad ustedes mismos:
Por José Manuel Simián
Me dormí escuchando los discursos de los Bush en la convención republicana. Especialmente cuando la primera dama le pasaba lista a los logros de su marido, me encontré en un lugar imaginario, uno donde las expectativas estaban tomando agua en el baño al final del pasillo escolar mientras seguíamos en clase.
Entonces soñé que John McCain, vestido de Ricky Ricón, jugaba al Monopolio, solo y con cara de presumido, en la mansión de Jay Gatsby. Siete casas estaban esparcidas a un lado del tablero rodeaban un anillo de compromiso. En el lado opuesto del cartón campeaban letreros anunciando la venta o inminente remate de propiedades que, evidentemente, no eran las suyas. Su mujer se desplazaba como flotando tras la escalera de mármol, trayendo un par de viviendas más en una bandeja desde la cocina.
Entonces la opinión pública le prendía fuego a la casa diciendo que todo era una burla inaceptable a los pobres, que la sátira tenía límites, que la gente podía creer que era cierto.
Al día siguiente, el John McCain real ganaba la elección presidencial.
Luego sacaba unos dados del bolsillo y preguntaba si alguien sabía jugar Ataque.
Conozco de primera fuente las dificultades del colega Benítez para encontrar republicanos hispanos del estado de Nueva York para su programa Pura Política. Uno de los que siempre da la cara es Juan Carlos Polanco.
Mas lo que sus correctas apariciones televisivas hasta ahora no habían revelado es que tiene una lengua peligrosa. Entrevistado hoy en El Diario ("Dominicano pro-McCain"), el maestro universitario se despachó esta cargada frase:
“Aunque (los latinos) nos registremos con el Partido Demócrata, muchas veces somos republicanos en el clóset”.
¿Por qué en el clóset?
Porque "la gente no lo comprende", remata el artículo.
Por José Manuel Simián
En su habitual columna de El Diario, el inefable Ilan Stavans se preocupaba ayer de una noble causa: la terca obstinación española y latinoamericana en doblar las películas al español.
Escribió el catedrático:
¿Por qué nos disgusta el doblaje? Porque falsifica la identidad. Porque sugiere que el poliglotismo es una aberración. Porque ignora el hecho de que todo lenguaje es una expresión de una cultura específica y que, como tal, es irremplazable.
No está mal el argumento. El problema es que hace apenas un par de semanas, Dolores Prida lo había formjlado con mucha mayor fuerza en el Daily News:
Todas las películas estadounidenses dirigidas al mercado latinoamericano son dobladas en México, en lo que llaman español neutro. Sería más preciso decirle español castrado (neutered).
Ese español sin alma, genérico, bien pronunciado, peinadito y correcto hace que todos suenen igual, sin importar de qué película se trate.
La neutralidad lingüística requiere la eliminación de las jergas, porque son regionales. Una colorida pero inocente expresión popular en Venezuela debe ser capada porque podría ser un insulto en Ecuador. Las bromas son transformadas en eunucos. Las tramas centradas en un personaje que habla con un acento son arrancadas de raíz.
Así, las audiencias hispanoparlantes deben presenciar cómo un campesino de Alabama, un mafioso de Brooklyn o un conocedor de los chismes de Los Angeles terminan sonando como sofisticados mexicanos recién salidos de la Escuela de Enunciación Televisiva de la Zona Rosa.
Respondiendo a la inquietud de Stavans de que "ninguna de las acepciones de doblar se asemej[e] al acto de ocultar un lenguaje a favor de otro" (cosa, por lo demás incorrecta: se agrega un nuevo registro, se oculta el lenguaje original bajo este doblez), esta duplicidad de columnas no deja de ser sabrosa. Aunque se trate de una mera coincidencia y Stavans no haya leído a Prida lectura a todas luces recomendable , sólo uno de los textos suena como una película sin traducir.
Inteligentemente, Barack Obama llamó ayer a no meterse con el embarazo de la hija adolescente de Sarah Palin. No había otra alternativa: tal como dijo, los familiares debieran estar fuera del escrutinio de la política. No criticaremos aquí la conducta sexual de nadie que no pretenda erigirse en ejemplo moral, y un embarazo adolescente —además de ser una cosa totalmente ordinaria— nada dice de la capacidad de la gobernadora de Alaska como estadista.
Lo interesante de que nos llame la atención esta historia, sin embargo, es que, como sugirió esta mañana Bob Herbert en el New York Times, cada uno de los agujeros que presenta el currículum de Palin puede servir de distracción del fondo de la campaña presidencial: McCain versus Obama, la economía, la crisis energética, la guerra, el reestablecimiento del imperio de la ley.
Dejando a un lado lo que comienza a parecer obvio —que la elección de Palin fue impulsiva, sin investigar ni medir los peligros de su biografía— no sería absurdo suponer que, más allá de la evidente intención de captar el voto femenino (viudas de Hillary incluidas) y/o conservador, la decisión vicepresidencial de McCain pasó por la apuesta de que una figura no tradicional y que estaba siendo investigada por un escándalo telenovelesco, entre otras cosas, podría levantar polvareda sobre la recta final de Obama.
¿Será tan astuto McCain?
Dicho lo anterior, me tienta prometer que no escribiré más sobre las implicancias de la incorporación de la señora Palin a la carrera presidencial. Mas, como dijo un tipo que desde hoy es pieza de museo, es sólo rocanrol pero me gusta.
Por Juan Manuel Benítez, desde St. Paul
Mi padre -como casi siempre- tiene razón: si me agradó
que Zapatero escogiera a una joven embarazada para dirigir el ejército
español, cómo voy ahora a criticar a McCain por elegir a Sarah Palin
como compañera de fórmula. El simple hecho de que ambas son mujeres en
puestos de importancia ya es positivo para esta sociedad cargada de
machismo.
Sean cuales sean las razones por las que McCain quiere que Palin le acompañe
en su viaje a la Casa Blanca, hay que reconocer que se ha arriesgado.
Podría haber optado por lo seguro, eligiendo a otro hombre gris de raza
blanca; sin embargo, el senador de Arizona ha decidido poner a su lado
a una mujer trabajadora, con familia de cinco y nieto en camino, y con
un rostro -y peinado- profundamente americanos.
Sé que pocas de las simpatizantes de Hillary Clinton optarán por esta
reina de belleza convertida en adalid de los valores tradicionales;
pero me atrevo a afirmar que la mitad de las mujeres de este país no
concuerda con las ideas de la senadora. Y se merecen tanta atención -y
representación- como las otras.
Por tanto, si somos tan veloces y contundentes a la hora de condenar las
segundas intenciones de la decisión de McCain, seamos también justos, y
reconozcamos que si Obama puede hacer Historia, su rival quiere al
menos propiciarla.
¿Contento ahora, papá?
Por José Manuel Simián
Comentábamos hace un par de días que el comentarista de Fox News, Steve Doocy, sostuvo en cámara que Sarah Palin cuenta con experiencia en política exterior, porque su estado de Alaska es el punto del país más cercano a Rusia.
Ayer, en el programa This Week de ABC, Cindy McCain repitió la tesis.
Mirad cómo nuestra posible primera dama recorre con un arco de su índice el Estrecho de Bering para entregarnos una lección de geografía. Gobernar Alaska sería prueba suficiente de que la potencial vicepresidenta entiende "lo que está en juego aquí":
Sin necesidad de recurrir a argumentos geográficos, William Kristol empleaba hoy su cuestionada tribuna en el New York Times para defender a Palin:
Y los partidarios de Obama no pueden enojarse demasiado por la falta de experiencia de Palin. La gobernadora sólo está compitiendo por el segundo puesto más importante [de la nación], después de todo, mientras que el inexperimentado hombre al que ocupan de referente es nominado para la posición principal. Y McCain no necesita un experto en política exterior de vicepresidente para que lo ayude.
¿O sea que podemos tener de vicepresidente a cualquier persona, porque es el puesto número dos? ¿Qué pasaría cuando el potencial presidente McCain esté de viaje o si llegara a sufrir un problema de salud? ¿La presidenta Palin llamaría a Dick Cheney para que le dé una ayudita? Tal como lo plantea Kristol, el escenario de la carrera presidencial sería una especie de carrera negativa, en que comparamos a los inexperimentados. El problema de Palin no es tener menos experiencia que Obama, quien, tras meses de campaña y debates, ha demostrado lo que sabe; lo suyo es demostrar si tiene preparación alguna para las labores a las que aspira.
Y mientras escribimos esto, no podemos dejar de asombrarnos de cómo en tiempo de elecciones, todo puede ser ganancia. Tanto McCain como Obama convirtieron el impacto del Huracán Gustav en una oportunidad de mostrar dones de mando. Sin embargo, los más beneficiados con el desastre son los miembros del Partido Republicano, quienes esta noche se vieron liberados de la terrible obligación de rendirle tributo a George Bush y Dick Cheney.
Ah, y me imagino que ya oyeron lo de la hija de Palin. Si lo que McCain pretendía con su elección de la gobernadora de Alaska era atraer votos conservadores, la foto está saliendo un poco movida.
Damon Winter/The New York Times
Por Juan Manuel Benítez
Estoy cansado. Se me cierran los ojos. Acabo de terminar un reportaje para el fin de semana y estoy deseando que pase ya este último día de la Convención Demócrata. He llegado al Estadio Invesco en coche, tras pasar un par de controles de seguridad. Hemos visto filas larguísimas de personas esperando entrar. El sol pica, y a muchos de ellos les va a tomar horas. También hay junto al párking las tiendas de campaña que tiene instaladas el ejército, y un montón de ambulancias de los servicios de emergencia. Entro en el estadio y está medio lleno. Hay un grupo que no conozco tocando en el escenario. Son alrededor de las cuatro de la tarde del jueves. Obama habla como a las ocho.
Sobre una tarima para prensa, nos apretujamos un montón de reporteros, camarógrafos, productores, fotógrafos y presentadores.
Vanessa Yurkevich
A mí ya no me sorprende cruzarme de vez en cuando a los grandes periodistas de la televisión de Estados Unidos. Pero esta vez es algo diferente. Están todos -incluidas las leyendas- en un espacio reducido: Anderson Cooper (distraído), Brian Williams (corriendo para entrar en directo), Tom Brokaw (espantándose moscones)… De hecho, he estado a punto de acercarme a mis ídolos Ted Koppel y Gwen Ifill para decirles cuánto les admiro; y que gracias a tipos como ellos me mantengo en esta loca profesión, alimentando cada día a la bestia informativa de 24 horas. No me he atrevido. Seguro que están ocupados como para que me ponga yo a molestarlos con mis tonterías. Eso sí, Judy Woodruff me ha sonreído cuando me he quedado con la mirada perdida, los ojos sobre ella a dos metros de mí, mientras memorizo el texto del directo que me dispongo a hacer. También me ha pasado por el lado John Legend. Es menudito. Ha cantado el Yes We Can hace un rato. En frente, un montón de cámaras como mariposas revoloteando alrededor de Susan Sarandon. Está en una de las gradas de abajo. Luego Stevie Wonder canta un par de canciones (una de ellas, el Signed. Sealed. Delivered., himno de la campaña Obama). Dos amigos se han acercado a hacerse una foto conmigo. Todavía es de día.
Como todos mis compañeros, llevo todo el día repitiendo que se trata de un día histórico, justo 45 años después de que Martin Luther King Jr. dijera aquello de I have a dream that my four little children will one day live in a nation where they will not be judged by the color of their skin but by the content of their character (Sueño con el día en que mis cuatro hijos vivan en una nación en la que serán juzgados no por el color de su piel sino por el contenido de su persona). Me acuerdo que tengo un póster color sepia con el discurso I Have a Dream guardado en un armario. Lo tengo que sacar. Lo compré hace años en Harlem, y durante mucho tiempo fue lo único en las paredes de mi cuarto de mi antiguo apartamento de la calle 108.
¿Qué pensaría hoy el Reverendo King de Barack Obama?, le pregunta a Jesse Jackson un compañero de NY1. Cory Booker está emocionado con todo el espectáculo y se atreve a contestarme unas cuantas preguntas en español. No lo habla tan mal. Todo esto le toca de cerca. Él también es joven, negro de tez clara, críado en un barrio blanco, con título de Universidad prestigiosa, y luchando contracorriente al frente de la Alcaldía del desastroso Newark.
Habla Richardson, habla Gore. Todo va pasando muy rápido. El estadio ya está lleno. La Associated Press dice que hay 84.000 personas. Is it as amazing as it looks on TV? (¿Es tan tremendo como se ve en la tele?), me pregunta mi amigo Peter en un mensaje de texto desde Nueva York. "Incluso más", le contesto.
Me llega una copia del discurso. Lo leo en mi blackberry. Es larguito. Voy buscando las citas más atractivas, por si tengo que hablar de ellas en el próximo directo. Se ha hecho de noche. Sale Obama. El estadio se pone en pie. Otro discurso.
Todavía me acuerdo del día en que le asalté para arrancarle dos respuestas de ésas que nos sirven para lanzar a la bestia informativa de 24 horas. Fue en Boston, hace ahora cuatro años, horas antes de que pronunciara aquel discurso que lo lanzó a la fama. Gracias a que unos días antes había leído un artículo de The Economist, pude reconocer a aquel alto y simpático senador estatal de Illinois. No tuve que competir con otros reporteros para acaparar su atención (tiempos aquellos…): nadie sabía muy bien quién era aquel tipo de nombre raro. Ni mis jefes, que me miraron con indiferencia cuando les comenté ilusionado a quién había entrevistado. Al día siguiente las portadas de los periódicos lo ensalzaban como el próximo presidente de los Estados Unidos. Exageraciones, decía yo, cuando desde Nueva York mi compañera Adriana Hauser me preguntaba, vía satélite, si los titulares podían cumplirse.
Empiezo a prestar atención. Le faltan dos páginas para terminar, según la copia que me pasan. La gente está emocionada. No paran de aplaudir y corear consignas como Yes we can. Hay tanto ruido, que casi no se escuchan sus últimas palabras. De repente veo por las pantallas a su mujer y a sus hijas uniéndose a él en el escenario. Y ahí me doy cuenta de que no exagerábamos: ¿una familia negra tan cerca de la Casa Blanca? Y sale Biden, de número dos. ¡El hombre blanco canoso, de segundón del negro!
No fue un sueño, créanme. Yo estuve allí.